
La imagen es del artista plástico Casey Weldon, "We Can Has A.L.F.?".










Sin embargo, hay dolores que están reservados sólo a algunos, quién sabe por qué. Nacer para sufrir, es una explicación tan simple, una excusa plañidera que a menudo usamos para regodearnos en nuestra ingenua naturaleza. Algunos dicen que el sufrimiento es la vía más corta para alcanzar la santidad: paradójico, ya que el mismo sufrimiento es de por sí un infierno. Otros dicen que un genio malévolo se divierte con nosotros: absurdo, pues un genio de verdad no se distraería con prácticas tan triviales.
Hablamos aquí, entonces, de un héroe de dimensiones marcadamente religiosas. El vasto conocimiento y el gran manejo de referencias bíblicas me hace pensar, una vez más, en la vida de James O'Barr. ¿Será que el artista, luego de la tragedia, intentó refugiarse en la fe? ¿Será que, al no dar esta los resultados esperados, la puso finalmente a su servicio, reformulándola como una fundamentación para la venganza? El personaje de Draven simboliza el grito desesperado de un hombre, ante el fracaso de la religión como vía de resignación. Tras indecibles penurias, tanto O'Barr como su personaje dejan atrás todo viso de autocompasión, decantándose finalmente por la reacción más lógica, desde el punto de vista humano: la justicia por mano propia.
¿Qué nos queda, entonces, de toda esta perorata? Que el gótico es un enfoque, un tratamiento, y no un simple panteón de monstruos llorones y lamentables. Se trata de un estilo que apela a la atmósfera y a la poesía, antes que a la sorpresa y la celebración de la sangre por la sangre. En busca de referentes, mi mente viaja inmediatamente a las sombrías páginas de "Aura", de Carlos Fuentes, a los cuentos de Guy de Maupassant ("Sur les Chats", "La Parure"), y a los terribles, terribles "Ojos de Lina", de Clemente Palma. Imprescindibles, también, y ya hablando de cine: "I Tre Volti della Paura" (Mario Bava, 1964) y "The Innocents" (Jack Clayton, 1961).
Fujimori en el paraíso
Este demócrata que cerró el Congreso, este honrado que permitió la rapiña más grande de la que se tenga noticia, este ciudadano ejemplar que convirtió a un edecán en fiscal para entrar a robar maletas en la casa de Trinidad Becerra, este hombre decente que tuvo como socio a Montesinos, este estadista al que defienden sujetos como Saravá, este ángel que vivió entre alimañas, este hombre ejemplar que dio un golpe de Estado cuando su esposa, en un rapto de bendita locura, denunció los asaltos de la hermana Rosa y del cuñado Aritomi a la caja de Apenkai, este probo encubridor de Miyagusuku, esta vergüenza que grita lo que lee y juega con la voluntad de olvidar de los peruanos, este señor Fujimori, en suma, sigue siendo exactamente el mismo miserable que la miseria moral adora y hace suyo.
Cesar Hildebrant en el diario LaPrimera




